LAS FLORES DEL DRAGO


El drago milenario de Icod de los Vinos ofrece de nuevo estos días el espectáculo de su floración. En esta ocasión sólo ha tardado cuatro años en volver a mostrar sus flores en forma de espiga, algo poco habitual en la especie, ya que lo normal es que broten cada quince años.

El motivo del adelanto del proceso han sido las condiciones climáticas y la buena salud del drago, muestra de que al milenario ejemplar aún le quedan muchos años de vida y se prepara para una nueva fase de crecimiento, de la que saldrán esos frutos carnosos tan apreciados por mirlos y palomas. Estas aves, atraídas por su jugoso néctar, son las que han contribuido históricamente a la dispersión de las semillas y de esta especie por el paisaje de Canarias.

En el año 1995, en una floración espectacular, el drago de Icod produjo 1800 ramas floríferas, lo que significa que, durante el período de fructificación, su peso se incrementó en más de 3.5 toneladas.

Este ejemplar es, dentro de su especie, el de mayor tamaño y el más longevo que se conoce en el mundo. Los dragos, de savia de color rojo granate –como la sangre de los dragones, a los que debe su nombre–, fueron objeto de veneración para los guanches, que utilizaban su jugo como sustancia curativa.

Muchas son las leyendas y fábulas que se han generado en torno al crecimiento y florecimiento del árbol mítico de las Islas. La más arraigada es la del mito de las Hespérides. La leyenda cuenta que tras las columnas de Hércules, en el Océano Atlántico, se situaban unas islas como paraíso en el que las ninfas, junto con un dragón, custodiaban este Jardín de las Hespérides, donde protegían al árbol de la inmortalidad.

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